¿Comiste y bebiste de más?, PECADO

  • De los siete pecados capitales, definitivamente la gula es uno de mis favoritos.

Por Laura Centeno, HeadCoach & Personal Trainer FitWellNow / lau@fitwellnow.com

La gula, el exceso en la comida o la bebida puede convertirse de un simple placer a un caos adictivo contra el cuerpo. Obviamente detestamos la sensación de pesadez y culpa cuando comemos más de la cuenta y mucho más la resaca si se nos fue la mano con el licor, pero en mi caso, el placer doloso y con alevosía más severo es el dulce.

Recuerdo en mi infancia que si iba a misa sin hacer berrinche, me compraban un chocolate del candy shop (no existían las marcas que hoy vemos en todas las pulperías) y si sacaba buenas notas me premiaban con cuarto de libra, papas a lo grande, gaseosa y pastel de manzana.

Evidentemente nunca fui delgada y en el kínder me decían La Piñata. Aunque no fui obesa, si rellenita. Lo que me salvó en esa época era que andaba todo el día en bici o jugaba quedó, escondido y ladrones y policías en el barrio, hoy tristemente los niños y jóvenes pasan frente a una pantalla táctil conectados al wifi moviendo solo los dedos.

Cuando llegó la adolescencia y la vanidad, empecé a buscar formas para bajar de peso, hice mil dietas, pasé hambre, bailé ballet, jazz, zumba y me inscribí a un gimnasio a ver si acaso el ejercicio me ayudaba a superar mis complejos ocasionados por mis pecados azucarados.

Sudé la gota gorda con los aeróbicos del tele y en el gimnasio hacía hasta 3 clases seguidas. Gracias a Dios, el deporte siempre ha sido otro de mis placeres favoritos pero después me daba mis atracones especialmente con los postres porque “el que peca y reza, empata” pero la verdad era que no estaba empatando, iba perdiendo.

Con los años, leyendo un poco y probando diferentes formas de entrenamiento decidí dejar la adicción al azúcar y erradicarla por completo.  Es un problema que afecta a muchísimas personas porque los alimentos con alto índice glicémico (azúcar y harinas blancas), producen rápidos picos y caídas de azúcar en la sangre, estimulando placer en el cerebro que nos hace experimentar aún más deseo por comer antojos pecaminosos.

¿Qué cómo me fue eliminando el azúcar?, MAL, pero sí aprendí a controlarme. A veces daría lo que fuera por una torta chilena, helado o chocolate pero no permito dar rienda suelta a mis deseos malignos.

¿Entonces? Con ayuda de la nutricionista, me deja comer más calorías para no padecer tanta ansiedad pero subiendo cantidad de proteína que da mayor saciedad, me tiene prohibido brincarme las meriendas y me limitó muchísimo el consumo de vino (casi me puse a llorar en la primera consulta) pero empecé a ver mejores resultados.  También le empecé a estudiar más sobre entrenamiento personal y los beneficios de programas funcionales para dosificar  el ejercicio sin abusar del cardio ni los sobre entrenamientos en búsqueda de calidad y no cantidad de ejercicio.  Mis sobre entrenamientos como penitencia para borrar mis pecados y “quemar” lo que me tomé o me comí no es bueno porque sube la hormona de cortisol que genera más ansiedad y estrés, consume el músculo, desacelera el metabolismo y el resultado: no pérdida de grasa.

Aprendí a no dar tanta importancia a la báscula. El músculo pesa más que la grasa, así que no tiene sentido perder peso, sino mantener un porcentaje de grasa saludable y sentirse a gusto con la talla.

Cada 2 meses cambio rutina de ejercicio y a regañadientes me miden los pliegues adiposos (sí las llantas) para verificar avances y hacer los cambios necesarios ya sea en la alimentación o el entrenamiento.

Mi amor desenfrenado por el azúcar, está bajo control. De vez en cuando me permito una comida y bebida prohibida (no es día prohibido, ni semana ni mes completo, solo una comida, que en mi caso obviamente es un buen postre y vino) generalmente algún fin de semana o en una ocasión especial. Después haber consumado mis placeres culinarios y vinícolas, simplemente empiezo otra vez a portarme bien.  Así que pecar de gula, se vale solo cuando valga la pena, nada más y nunca dejar de entrenar. Asegurémonos un campito en el cielo.  Amén.

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